Que por qué volví – Primera parte

A lo largo de estos últimos años, cada vez que le explico a alguien mi experiencia en el continente americano, me preguntan con cierta expresión de suspicacia en la cara: Pero… ¿por qué volviste?

Que por qué volví. Como si hubiera cometido un crimen inconfesable y hubiera huido del sistema para no terminar en Guantánamo. El crimen de no apreciar todo lo que tiene Estados Unidos, que aparentemente, por lo que percibo en los españoles, es mucho. Qué tonta y qué atrevida, o ambas a la vez, haber rechazado la nacionalidad americana y haber vuelto a España. Eso es lo que percibo cuando alguien me pregunta que por qué volví. Que por qué volví.

En mi casa nunca ha faltado un plato de comida en la mesa. Nunca nos ha faltado de nada. Hemos salido y entrado, leído y hablado todo lo que queríamos y más. En mi casa no ha habido nunca tabúes.

En Estados Unidos conocí a personas que en sus propios países no tenían comida, no tenían seguridad, no tenían futuro. Conocí a exiliados cubanos que tuvieron que arrastrar una noche a toda su familia en una miserable barca hacia la costa de Florida. Conocí a escritores y políticos perseguidos en sus propios países. Una juez de Medellín había tenido que salir con lo puesto de su casa para coger el primer avión porque la habían amenazado de muerte.

Yo no tenía nada que ver con aquello. Yo me había criado en una familia de clase media y en una democracia europea.

Volví porque quise.