E-2

El aeropuerto de Miami olía raro. Inexplicablemente extraño. Humedad, calor, humo de coches, aceite bronceador, sudor. Mi billete era para 15 días. Me quedé allí casi 7 años.

R me recogió en el aeropuerto. Me llevó a su casa. Al día siguiente me enseñó la ciudad. Lo nuestro no duró mucho, como es de suponer. Pero siempre fuimos amigos. Aún lo somos.

Durante los dos primeros años fui inmigrante ilegal. A través de P, el tío de R, conseguí un permiso para permanecer allí. En realidad era una tarjeta que me acreditaba para permanecer en suelo americano como esposa de alguien, una E-2, con la que no podía trabajar. Así que tuve que ponerme manos a la obra.

Me casé por primera vez con un enclenque cubano, de cabello negro negrísimo y rizado, pequeño, “encajaíto”, más feo que pegarle a un padre. No pegábamos juntos ni con cola. Un par de meses después, el abogado que lo había amañado todo por 4.000 dólares me divorció. 4 meses después me casé con el abogado.

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