El suicida

José Ignacio se suicidó una noche de julio de 2007.

Fui yo quien, extrañada porque no contestaba a las llamadas, propuso que fuéramos a su casa en la calle de San Bernardo, en Madrid, para comprobar que no le hubiera pasado nada malo.

Tampoco es que yo le conociese mucho. Le había visto un par de veces, tres a lo sumo.

Mi marido, él y otro colega estaban haciendo un video para un museo de la ciudad y a mí me habían pedido que me encargara de seleccionar la música.

Cuando llegamos a su casa aún era de día. Llamamos a la puerta y nada, sin respuesta. El caso es que, dentro de la casa, un bajo con ventanas y rejas a la calle, se oía la tele encendida. O la radio.

Ángel, el colega, el que se encargaba de la cámara, es un tipo alto y fuerte, así que decidió levantar como pudo la persiana, para ver dentro de la casa. Recuerdo que, mientras él se peleaba con el artefacto, yo me iba a alejando hacia la otra acera de la calle y me repetía a mí misma “NO mires, sobre todo, NO MIRES DENTRO”, pero la curiosidad fue más fuerte que yo. Supongo.

Ángel gritó, mi marido gritó, yo grité y lloramos y gritamos durante un par de minutos. El único que pudo mantener más o menos la calma fue Rober, que no tardó en más o menos recomponerse y llamar a la policía. Llegaron en seguida y nos preguntaron si sabíamos si se drogaba, si le había ocurrido algo que pudiera ocasionar todo aquello.

También vinieron los bomberos y echaron abajo su puerta. Encontraron más de veinte papelinas dispersas por toda la habitación. Nosotros nos fuimos a casa. Esa noche y las muchas siguientes fuimos incapaces de dormir.

Yo necesité ir al psiquiatra. Al psicólogo también. Apenas recuerdo ya la imagen de sus pies colgando, iluminados por la televisión encendida.

Pasé dos años con tratamiento psiquiátrico. Nunca entendí el suicidio. Había días en los que pensaba que lo que había hecho José Ignacio había requerido mucha valentía y fortaleza. Había días en los que pensaba que suicidarse era de cobardes y egoístas. Creo que nunca tendré una opinión firme al respecto. O bueno, sí: pide ayuda.

Cuando te duele el brazo vas al traumatólogo. Cuando te duele el alma, ve al psiquiatra o al psicólogo. Pide ayuda.

Eso pienso ahora, mientras escribo esto. Mañana, no lo sé.

Tampoco sabré nunca qué me empujó a decir “Vamos a su casa, que a lo mejor se ha partido una pierna, está en el hospital y por eso no contesta al móvil”, mientras bajaba las escaleras de mi casa sintiendo que lo que íbamos a encontrarnos iba a cambiar mi vida para siempre. Es cierto, no le conocía. Pero nuestras escasas conversaciones sobre música me habían impresionado y hecho ver que, tras esa fachada de periodista culto pero machacado por el alcohol y las drogas, había un ser profundamente inquieto y hambriento de vida.