Lo falso. Lo real.

Durante estos últimos meses he visto unos cuantos videos en YouTube y leído unos cuantos artículos y algunos de ellos tienen algo en común: la reflexión de que lo que publicamos en las redes sociales no es lo real; solamente publicamos lo mejor de lo mejor; detrás de cada foto en Instagram o en Facebook hay miles de fotos tomadas en ese momento que queremos compartir, solamente subimos la que nos parece mejor, la que nos favorece más según la luz, el filtro, la pose, etc; detrás de cada vídeo de maquillaje, estilo de vida, ejercicio, cocina, o incluso de bricolaje, hay una persona que sufre, suponemos en seguida, una persona que quizá no esté pasando por su mejor momento personal, psicológico (“se esfuerza tanto en parecer feliz…”), una persona falsa, no real, que aunque no lo exprese, nosotros pensamos que está triste o algo peor.

Y pienso yo que en algunas ocasiones eso será cierto, sí. Digo yo que habrá muchos, qué digo muchos, infinidad de instagrammers que antes de publicar un selfie con su abdominales marcados, habrán tomado de manera casi obsesiva, docenas de selfies, qué digo docenas, millares de fotos para al final subir una en la que salgan favorecidos, que marquen esos tríceps o esos abdominales; o una foto en la que ¡por fin! el maquillaje, la luz, el cabello, todo, salga bien, con la piel resplandeciente y sin imperfecciones; o un vídeo que, tras horas de grabación y edición, resulte interesante, u otro que no aporte nada, simplemente del youtuber de turno saliendo a cenar con sus amigos o su pareja y cuyo resultado sea simpático, agradable.

Pero estamos programándonos para pensar automáticamente que esa persona no es feliz, que a esa persona le pasa algo, que se esfuerza demasiado por parecer feliz en ese contenido que cuelga para que lo vean sus seguidores o sus amigos en Facebook… Estamos programándonos para desconfiar.

Creo también que somos una de las sociedades más hedonistas que ha existido jamás y las redes sociales nos sirven para recrearnos en ese hedonismo, en esa “falsa” felicidad (deduce el espectador), nos sirven para fastidiar a nuestro ex, porque “se esfuerza tanto en parecer feliz…”

Es como si la espontaneidad o la felicidad del otro nos pareciera artificial, los espectadores nos apresuramos a juzgarle antes de que él mismo sepa cuáles son sus verdaderos sentimientos. Hay ahí, me temo, una desconfianza brutal que quizá no sea más que una máscara para disfrazar la envidia que sentimos en muchas ocasiones; nos reconforta pensar que quizá el instagrammer no sea feliz, es más, estamos seguros de que en el fondo es un amargado, tiene problemas, lo está pasando verdaderamente mal o todo junto. Está mal visto ser feliz y está muchísimo peor visto que alguien se gane algún dinerillo (o incluso la vida) colgando contenidos en las redes sociales.

Es como si todos, todos los que publicamos algo en redes, estuviéramos obligados a ser infelices, estuviéramos obligados a contarles nuestros problemas (si es que los tenemos) a los suscriptores de nuestro canal, a nuestros contactos en Facebook, a nuestros seguidores en Instagram. Es como si estuviéramos obligados a tener problemas.

En una sociedad hedonista, mostrarse feliz ante cualquier triunfo propio no está bien visto. Qué curioso.