Tápate, que tengo frío

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Tengo ganas de llorar, de pasarme el día en la cama, con mis lloros sin razón aparente, mis mocos, mis pies helados y mis sofocos menopáusicos que hacen que me sude de repente la nuca, el cuello y el pecho.

No te preparan para esto. Nadie habla de esto y yo tengo sudor en el cuello y frío en los pies. Tanto frío que duelen.

Los cambios de humor, que de repente estás contenta y de repente tienes ganas de matar. Que si “¿no eres demasiado joven para esto?” como si esa pregunta me fuera a solucionar la vida: “Sí, ¿sabes qué? tienes razón, gracias, al preguntarme eso has hecho que yo decida que ya no quiero tener más sofocos y cambios de humor… NO TE JODE”

Y tápate, que tengo frío. No sé si te he dicho que tengo los pies fríos y fuera hace un calor de narices. Pero yo a lo mío: pies fríos, sudor en el pecho, ganas de llorar, de dormir.

Ya no duermo tanto como antes. Con 20 o 30 años era capaz de pasarme todo un fin de semana durmiendo, especialmente en invierno. Yo hibernaba con profesionalidad. Qué tiempos aquellos. Ahora no. Ahora, como mucho, a las 7 de la mañana ya estoy despierta, con las caderas a punto de nieve para un dolor agudo si no me levanto de la cama y me pongo a hacer cosas. Da igual que me haya ido a dormir a las 2, a las 3 o a las 5. A las 7 arriba. Y después de comer, al mediodía, una modorra y un sueño y un necesito dormir ya o me caigo mareada al suelo.

Y el sexo, ay, el sexo. De repente pillarías a tu pareja y lo exprimirías como a un limón o de repente te das cuenta de que llevas días sin sexo y oye, que ni tan mal. Pero qué te pasa. Porque te están pasando cosas pero no las que quieres que te pasen. Que lo de excitarte te das cuenta de que ya no es tan rápido como antes, que lo de dilatar o lubricar, cuesta un poquito, joder. Y nadie dice nada. Y nadie te prepara para esto. Y echo de menos a mi madre, que me empezó a hablar de sexo y ser mujer cuando yo era una cría y que me contaba por lo que estaba pasando cuando ella tuvo la menopausia pero yo no terminaba de entenderla, pobrecita mía.

Y que todo te afecta o todo te la suda. Depende de lo que dependa en ese día. Qué digo “día”, mejor di “momento” o “nanosegundo”. Porque todo te afecta o todo te resbala en función de lo que tardas en parpadear, por ejemplo. Y que todo te parece mal y te duele el mundo y la humanidad pero al siguiente parpadeo deseas que se acabe el mundo y un apocalipsis zombie te parece una idea genial, claro que sí, guapa.

En fin, que de ésta supongo que una se levanta, lo que no sé es cuándo ni cómo, porque hoy lo veo todo gris y feo.