Tenía una enorme capacidad para hacerse entender. No era un criminal master mind y si lo pillabas haciendo alguna trastada y le preguntabas “¿Qué haces, Rafa?”, él te contestaba “Uh-oh”. Con ese tono de “Me cago en la puta que me han pillao”, pero claro, Rafa nunca hubiera dicho tacos, era el Brad Pitt de los gatos. Más ciego que un ocho, más chulo que un gato de yeso, más soso que la merienda de un diabético, más elegante y más mimoso que yo qué sé de todas las cosas.

Rafael nos adoptó un gélido y seco 3 de enero de hace ya diez años. Estaba en una casa, en Majadahonda, junto a una treintena de gatos de todas las edades. Nos sentamos en un salón pequeñito y fue él el que vino a nosotros. Lo habían bautizado como Mauricio pero nosotros le añadimos Rafael como primer nombre. Probamos con Mauricio pero nunca contestaba. Rafael se quedó. Cuando murió mi madre en Barcelona y volví a casa, recuerdo que una madrugada de tristeza infinita me levanté y bajé a la cocina. Rafael me persiguió, cosa hasta entonces inaudita, me rodeó las pantorrillas con su cuerpo, me adornó de paz las rodillas con su rabo…

Carlota nos adoptó una nublada tarde de septiembre del 12. Olisqueó, jugó y mordió a Rafael. Rafa nunca se quejó.

Como todos los gatos en esta casa nuestra, Rafael dormía con nosotros. Qué coño, Rafael se ATORNILLABA  en el lado de la cama de Rober y de ahí no podías moverlo. Y si con la pierna intentabas desplazarlo, el tío te gruñía. Rafa.

Rafael Mauricio López Aguayo. Gato. Amor. Perezoso. Mimoso. Generoso.

Cada vez que lo acariciaba, me babeaba las manos, tensaba el rabo y lo movía como si fuera un poste. Su ronroneo era como una Harley Davidson suave, sigilosa, con cuidado, no te enamores de mí, que soy Rafael, el gato más guapo del tiempo.

Mi peludito blanco de ojos de alienígena. Gracias, Rafael.