Cambios. Cap. 1

Me gustan tus atardeceres. Me gusta tu agua. Me gusta tu luz y la sonrisa de la gente. Me gusta el acento y el laísmo y el leísmo, yo qué sé. Me gustan los callos, me gusta tu cocina. Querida Madrid. Me gusta tu gente y cómo me adoptaste. Pero creo que me voy.

Sí, me voy. Eres fantástica, preciosa, diva divina, rica, pobre, de clase media, sin clase ni contrastes, a veces. A veces te odio y siempre te quiero. Me cuestas, me dueles, me rechazas, no me escuchas, no me quieres pero me tratas bien, a veces.

Aprendo tanto de ti que ni siquiera me duele porque a donde voy, te echaré de menos y tal vez no. Te quiero, te entiendo. Pero esto no es recíproco y lo sabes. Al fin y al cabo, no tenía tanto ni maldigo mi suerte. Es más, me doy con un canto en los dientes.

Pero me he dado cuenta de que no me haces falta. Ahí te quedas, preciosa Madrid.

No contestaré a preguntas sobre a dónde me voy. Ni a cuándo. Esto lo he escrito porque me sale del alma. Porque me duele el cuerpo de tanto llorarte, Madrid. Prefiero recordarte por los sitios y rincones que nunca te he visto.

Me conmueves, me haces pensar, Madrid. No eres tú. O sí. No me apeteces. Y mira que lo he intentado. Te juro que lo he intentado. Con todo mi ser y con toda mi alma. Y ya, si eso, otro día.