Cambios. Cap. 2

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Hoy un niño de nueve años se está poniendo hasta las cartolas de jugar a videojuegos.

Su madre está durmiendo. O al menos, intentándolo.

Me queda un cigarrillo en el paquete además del que ya me estoy fumando a medias.

Mañana mi niña hermana bonita preciosa mujer amiga cómplice madre morena mi amor cumple años.

Cuanto éramos pequeñas, mi hermana y yo nos peleábamos mucho. Y seguimos haciéndolo, aunque la mayor parte de las veces, actualmente, por teléfono, la distancia, ya sabes. Pero una vez, no sé qué tal de años íbamos ambas, ella me chinchaba y yo que ni caso. A ella le encantaban las lentejas. Yo las odiaba. Total, que ella chincha que te chincha y yo que si niñata no me des la lata. Total, que sale ella toda indignada porque yo ni caso y se va cruzando el pasillo hacia el salón donde estaba mi madre viendo la caja tonta. Y va y le dice: PUES MAMÁ, MAÑANA PARA COMER QUIERO QUE ME HAGAS LENTEJAS.

Oye, mira, ni teoría de cuerdas ni mecánica cuántica ni relatividad de Einstein. Yo fui más rápida que todos esos conceptos y todos esos conceptos juntos que menuda hostia le habría arreado a la niñata que me daba la lata porque salí disparada a decirle a mi madre que de lentejas, nada, que ya directamente tú, ése y aquél, las dejas.

Mi hermana es una mujer que está sufriendo cambios, como yo. Y es la primera vez en muchos años que, ante su cumpleaños, estamos juntas. Y la quiero, no sabes cuánto la quiero. Y me gusta, me cae bien, me río con ella.

Tengo mucha suerte. Te quiero, Cristina.